Coronavirus

Con fe y sin recursos, el personal sanitario resiste a la pandemia (y III)

UCI IAHULA

En la pared del fondo está una imagen de José Gregorio Hernández, “el médico de los pobres”. La figura del eminente venezolano, recientemente declarado beato por el Vaticano, funge como un anclaje en la fe para afrontar la pandemia en medio de un sistema de salud colapsado. Es la sala A de aislamiento de personas con COVID-19 que requieren cuidados intensivos en el Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes, en el estado Mérida.

En esta área, con 13 camas habilitadas, se asiste a las personas que necesitan ventilación mecánica. Hay dos salas más: la B, con 10 camas, donde se ubican las que tienen sintomatología moderada y los casos sospechosos; y la C, con 7 camas, donde se encuentran las que están terminando su recuperación.

La capacidad de la unidad de cuidados intensivos del hospital, con seis camas, era insuficiente. Por ello las autoridades del hospital decidieron habilitar estos tres espacios en el servicio general de emergencias de adultos para atender únicamente a los enfermos por COVID-19.

Alida Pernía, jefa de enfermeras de ese servicio, cuenta que lo primero que hace antes de entrar a las áreas COVID-19 es “encomendarle el día a Dios”.

La enfermera también confirma el déficit de personal y explica que el miedo ha impedido reforzar los recursos humanos. “A veces tengo dos enfermeras para atender a 20 pacientes en aislamiento A y B, cuando debería tener al menos seis, porque muchos pacientes requieren baño en cama e incluso ayuda para comer por lo débiles que están”, precisa.

Las carencias de ventiladores y monitores también dificultan la asistencia en estas áreas críticas. “Hay días tranquilos y días como el viernes (21 de agosto), cuando ingresaron ocho pacientes que necesitaban oxígeno. No sabíamos de dónde sacar más flujómetros (instrumento que se usa para medir la cantidad de oxígeno que se suministra). Algunos llegan gritando, pidiendo ayuda porque no pueden respirar y nos toca correr y resolver; gracias a Dios siempre se resuelve”, dice Alida.

La directora del hospital, Indira Briceño, quien es internista e intensivista, también se refiere a la carencia de equipos. “Tenemos 38 camas y solo contamos con 13 ventiladores, que tenemos que dividirlos entre los pacientes COVID-19, los politraumatizados, los que hacen hemorragias cerebrales, los que se complican en quirófano o las pacientes embarazadas que se complican con preeclampsia… Son insuficientes para garantizar el soporte respiratorio a los pacientes con COVID-19”, argumenta.

Los intensivistas del Hospital Universitario de Los Andes tienen que reutilizar las mascarillas N95 y optan por reforzarlas con otras mascarillas menos seguras. “Debemos usarlas en tres o cuatro guardias más y tampoco podemos garantizar una careta a cada enfermero”, señala Pernía.

Hasta el 25 de agosto, tres enfermeras dieron positivo para COVID-19 a través de pruebas moleculares. Suponen que contrajeron el virus fuera del hospital porque tuvieron síntomas cinco días después de haber regresado de vacaciones.

En comparación con otros centros de salud de Venezuela, en el Hospital Universitario de Los Andes hay una ventaja: se lavan los uniformes del personal sanitario, para reducir el riesgo de contagio a sus allegados. Pero como en todos los hospitales de Venezuela, faltan intensivistas. De los ocho médicos especialistas que hay en la Emergencia de adultos solo dos tienen la especialización en Medicina Crítica.

“Desde que comenzó la pandemia se incorporaron al área de triaje respiratorio los médicos de otros postgrados, como traumatólogos, médicos generales, cirujanos, toxicólogos… En los próximos diez días se espera un aumento de casos en nuestro estado (Mérida) y hemos entrenado y capacitado a enfermeros que no son de las unidades de emergencia para que apoyen”, explica Briceño.

Con fe y sin recursos, el personal sanitario resiste a la pandemia (y III)

Así luce la sala de aislamiento C del servicio de emergencia del adulto del Iahula | Foto cortesía

El apoyo que no llegó

En el Hospital Domingo Luciani, en la capital del país, todos los servicios de cuidados intensivos se concentraron en la atención de personas con COVID-19. Estaba previsto que cuando se copara la capacidad de la UCI, recibirían refuerzos de otras áreas. Pero ese apoyo no llegó.

“A veces están dos enfermeros para 20 o 25 pacientes. Podrán imaginar el desastre con pacientes conectados a ventilación mecánica, pacientes con diarrea, pacientes descompensados, para solamente dos enfermeros”, dice Teresa*, una de las enfermeras que tuvo que lidiar con las insuficiencias de la UCI del Domingo Luciani.

Sin aire acondicionado y a veces sin agua, los pocos enfermeros y enfermeras de la terapia intensiva deben encargarse de personas con tanta dificultad para respirar que no pueden ser alimentadas por sondas.

Paciente UCI

Enfermeros de las UCI afirman que carecen de personal para atender adecuadamente a cada paciente | Foto: Rosalí Hernández

“También mueren desnutridos, porque no pueden comer. Eso tiene a mis compañeros muy angustiados. Hay mucha gente que es recuperable, pero igual se mueren porque están desnutridos, deshidratados y no hay lo que se necesita para recuperarlos”, cuenta la enfermera. No duda en calificar la situación como inhumana.

Algunos trabajan sin los equipos de protección personal recomendados, asegura Teresa. Pero ella exigía su mascarilla N95. Al terminar su jornada diaria quedaba extenuada. Por las carencias y el estrés extremo en la UCI del Domingo Luciani, pidió traslado al área de hospitalización, pero allí la situación era peor: ella sola debía encargarse de un piso entero con cuatro módulos de 30 pacientes cada uno. Tampoco había aire acondicionado, ni agua, ni equipos de protección.

Tras un lustro de servicios en el Domingo Luciani, la enfermera Teresa no aguantó más y renunció.

Personal Domingo Luciani

Levantarse y seguir adelante

Ismeira Álvarez esperaba un autobús el 17 de julio cuando comenzó a llover. Toda su ropa quedó mojada. Tres días después sintió fiebre de 38 °C. Se la atribuyó a la lluvia, tomó un antipirético y continuó su trabajo como jefa de enfermería de la Unidad de Cuidados Intensivos del Servicio Autónomo Hospital Universitario de Maracaibo (Sahum), en el estado Zulia, al occidente del país. A los dos días, su fiebre llegó a 40 °C. Ahí comenzó la sospecha.

A finales de mayo, el Sahum comenzó a recibir más personas contagiadas con el nuevo coronavirus. El Mercado Las Pulgas, un importante punto de comercio de Maracaibo, disparó la transmisión según las autoridades regionales.

En junio, todo el hospital fue habilitado para atender la pandemia. Ismeira y su equipo del quinto departamento de enfermeros, que además de cuidados intensivos pediátricos y de adultos incluye la emergencia pediátrica y de adultos, se propusieron hacer lo que parecía imposible: trabajar ocho horas seguidas en la terapia, en ocasiones sin aire acondicionado en una ciudad donde las temperaturas superan los 30 grados centígrados.

Personal UCI Sahum

Licenciada Ismeira Álvarez con sus colegas y equipos de protección personal al inicio de la emergencia | Foto cortesía.

El éxodo de enfermeros se había acrecentado por la migración masiva y los bajos sueldos. De 200 enfermeros, bajaron a 40. Hicieron esfuerzos por reclutar personal, pero cuando sobrevino el nuevo coronavirus, varios abandonaron el trabajo por miedo al contagio. Otros no podían trasladarse al hospital por la falta de gasolina en el estado.

Todas las divisiones del hospital se organizaron para enviar enfermeros a la emergencia, pues el personal era insuficiente. Llamaron voluntarios, consultaron protocolos, buscaron más enfermeros e incluso reforzaron el personal médico para la terapia intensiva con residentes del posgrado de anestesiología.

Ismeira iba y venía entre el tercer y el octavo piso del hospital. Conversaba con los pacientes e intentaba averiguar si les llegaban los medicamentos o si cumplían los tratamientos.

Después de semanas de intenso trabajo, el 23 de julio Ismeira se sumó a la lista de afectados por la pandemia. En su hospital le hicieron una placa de tórax, le suministraron medicinas y la enviaron a casa. “Voy a mejorar”, pensó al día siguiente. Una doctora le había prestado un saturómetro y así comenzó a medir su saturación de oxígeno, un indicador crucial para detectar la insuficiencia respiratoria.

El 25 de julio, su saturación comenzó a bajar y empezó a sentirse agotada. Solo ir al baño era una acción que la cansaba. El 27 de julio volvió al hospital. Su placa de tórax mostró la neumonía y entró directo a la unidad de cuidados intensivos, donde hasta unos días antes estuvo atendiendo pacientes. Los siguientes tres días fueron “días malos”.

“Estaba en posición prona (boca abajo) con los muchachos, viendo la saturación y pidiéndole a Dios que no me fueran a intubar. Fueron tres días pensando y pensando en las consecuencias y lo delicado que es la parte pulmonar una vez que a uno lo intuban”, cuenta.

Solo una puerta la separaba de su colega, su compadre, el enfermero intensivista Juan Carlos Feria. Trabajaban juntos desde 1994 en el hospital. Todos los días ella preguntaba por él. Además de ellos, la mayoría de los pacientes de la terapia intensiva eran del sector salud, incluida otra médica intensivista. Solo tres no pertenecían al personal sanitario.

“Juan Carlos se enfermó primero que yo, pero a veces uno es necio porque uno trabaja en el sector salud. A él le colocaron su tratamiento y yo le dije que se viniera al hospital, pero me dijo ‘estoy mejorando’. A los cuatro días ya estaba ahí en la unidad”, rememora.

Ismeira pasó ocho días en terapia intensiva. Después la trasladaron a un piso de hospitalización, pero su compañero Juan Carlos Feria murió el 13 de agosto. Luego de 25 días, Ismeira recibió el alta médica.

La jefa de enfermería de la UCI del Sahum (centro, mascarilla azul) superó la enfermedad en su hospital | Foto: @sahumve

Cree que no la intubaron gracias a la dedicación, al trabajo en equipo de sus compañeros y a la llegada de nuevos medicamentos. Mientras terminaba su reposo, contestó llamadas y respondió mensajes de compañeros que querían volver a trabajar.

A sus 52 años, Ismeira se llena de esperanza al saber que su hospital organizará el séptimo Curso de Ampliación para Enfermeras de Cuidados Intensivos Generales (Capecig), un diplomado que dura al menos un año para capacitar a nuevas enfermeras y enfermeros en Medicina Crítica que puedan reforzar la UCI del Sahum, el lugar al que nunca dudó en volver.

“Yo tengo fe. Si ya con la ayuda de Dios y mis compañeros me levanté, aspiro volver a trabajar pronto”, aseguraba antes de reincorporarse al área más crítica de la batalla contra la pandemia.

Este reportaje forma parte del Programa Lupa, liderado por la plataforma digital colaborativa Salud con Lupa, con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ). Lea la primera entrega aquí y la segunda entrega aquí. 

efectococuyo.com

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